CÓMO CONSEGUIR QUE LOS HIJOS OBEDEZCAN

“No hagas por los niños lo que puedan hacer por sí mismos” Rudolf Dreikurs

Actualmente no existe el modelo de autoritarismo con el que nos encontrábamos antiguamente, en el que no había otra opción a parte de la obediencia. Hoy en día domina un estilo más demócrata en el que el diálogo tiene un papel principal. Conocer y manejar los límites del diálogo entre padres e hijos es un reto con el que nos encontramos en el día a día.

Con estos factores, casi todos los padres (por no decir todos) se encuentran alguna vez con la situación de que sus hijos no les obedecen.

La mayoría de los padres quieren que los hijos tengan responsabilidades, colaboren en casa, y que en futuro sean personas independientes y que se valgan por sí misma. Una responsabilidad, que casi siempre y lógicamente se aplica, es la de mantener su habitación recogida.

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Pero, ¿cómo conseguir que asuman esta responsabilidad?

Como casi todo en el caso de los niños, cuanto antes empiecen a interiorizar que el orden del cuarto (sí, parece que este ejemplo me va a dar para todo el post) es su responsabilidad, mejor.

Para que un/a niño/a haga una tarea, lo primero que hay que hacer es enseñarle a hacerla con tiempo y paciencia. No podemos pretender que haga algo (por mayor que sea) si no le hemos enseñado cómo se hace. Nadie nace aprendido.

Puede ser una buena idea, dividir el cometido en pequeños quehaceres para que según interioricen y dominen uno, empecemos con otro. De esta manera, se verán capaces de hacer pequeñas labores, lo que les motivará, y evitaremos que se frustren al ver una tarea muy laboriosa.

Por supuesto, hay que hacer los pequeños quehaceres siguiendo un orden lógico; y sin terminar una labor, no empezar con la siguiente.

Una vez que conozca qué tiene que hacer y cómo, deberemos tener paciencia y darles el tiempo necesario para que lo realicen. Con esto quiero decir que, hay que mandar que se realice la tarea con el tiempo suficiente.

¿De qué manera dirigimos la orden?

Recomiendo no repetir muchas veces la orden, no más de tres. Asimismo, evitar las amenazas, sobre todo aquellas que no vamos a cumplir. Es mejor dar la orden orientándola a la consecuencia positiva que traerá el hecho de hacerla. “Cuando recogas la habitación, podremos ir al parque”

Expresar de manera clara y dividiendo el encargo. Si tienen la habitación como una leonera, y además suelen tenerla así, llega un día que los padres se cansan de esa situación. Ordenar que se recoja la habitación con un “¡Recoge tu habitación!” no va a ser útil, puesto no va a saber por dónde empezar. Habrá que guiarles en que hagan la cama, recojan la ropa, después los juguetes… De esta manera, sabrán por dónde comenzar.

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Muchas veces no hacen caso y podemos perder los nervios. Aún así, aconsejo mantenernos firmes y siempre tratar con respecto a los hijos. Si nos comportamos de manera desproporcionada: gritándoles, castigándoles duramente y de manera repentina, sin tener proporción con el hecho… nos puede invadir el sentimiento de culpa. Desde el sentimiento de culpa no vamos a poder ejercer la autoridad. Además, al sentirnos mal, por lo que hemos hecho sin una razón de peso, terminaremos cediendo en su rabieta.

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Si tenemos varios hijos, lo ideal es dividir las funciones entre estos y dirigirnos personalmente a cada uno de ellos diciéndoles qué tienen que hacer. Si damos una orden y no nos dirigimos a nadie, la responsabilidad se evade. Por ejemplo, “Fulanito recogerá la mesa y Menganita barrerá la cocina”

Una vez que han aprendido a realizar la labor, queremos que continúen haciéndola y para eso necesitamos reforzarlos positivamente. Lo mejor son las recompensas sociales, diciéndole: ¡has recogido bien tu habitación!

También existen las tablas de recompensas para los niños, en las que se van consiguiendo puntos y al final de la semana se pueden canjear por algún privilegio. Más adelante hablaré de esto ;).

No hay que exagerar tampoco en esta recompensa, han hecho bien la cama, sólo eso. Según vayan haciendo suya esta responsabilidad, deberemos ir retirando esta recompensa.

Espero que os haya gustado. Y aunque en muchas ocasiones escribo pautas básicas, a veces las olvidamos.

¡Muchísimas gracias por leer y hasta la próxima semana!

 

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¿FUNCIONAN LAS RECOMENDACIONES PSICOLÓGICAS?

La personalidad es una mezcla de factores temperamentales (determinados por la biología) y caracterológicos (determinados por el ambiente)” Caballo, V.E. 2004

Hoy en día estamos bombardeados de artículos en las revistas, en la televisión, en la radio, en las redes sociales, y muchas veces también, en las conversaciones que mantenemos con nuestras personas cercanas… que nos dicen recomendaciones sobre cómo llevar una salud mental más sana.

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Pero, ¿estas recomendaciones realmente funcionan? ¿Nos resultan útiles?

Siguiendo con la cita que encabeza este artículo, quiero dar unas pinceladas acerca de qué es la personalidad.

La personalidad es un concepto muy complejo que tiene muchas definiciones. No voy a entretenerme en analizar cada definición, pero sí que quiero explicar someramente el concepto.

La personalidad es una organización compleja de cogniciones, emociones y conductas.

La personalidad tiene una base genética, aquello que heredamos de nuestra madre y de nuestro padre, y una parte ambiental, la educación que recibimos y las experiencias que vivimos.

La herencia genética nos predispone a ciertos comportamientos, pero esto no significa que nos determine, ni tampoco que estas predisposiciones que heredamos sean inmutables ni inamovibles. El entorno y la educación (la parte ambiental) juegan papeles decisivos.

El objetivo de este post es que no nos quedemos en la parte genética que heredamos, sino que veamos que sí que hay un campo en el que podemos tomar acción  en la personalidad y en el comportamiento.

Pero retomemos a la pregunta que da título al artículo, ¿Realmente las recomendaciones que podemos leer en el día a día nos resultan útiles? Pues no hay una respuesta única a esta pregunta.

Cada persona tiene unas necesidades psicológicas, y precisa de unos consejos. Además, hay unos que nos funcionan y otros que no,  el resultado depende de la persona.

En la experiencia que he ido adquiriendo, me he encontrado con barreras que impiden que las prescripciones psicológicas puedan beneficiar a la persona.

Una de ella, y que he tratado al principio, es la herencia genética. He encontrado afirmaciones que vienen a decir que “como se hereda, no se puede cambiar”.

Quiero incidir un poco más sobre este aspecto. El hecho de que nazcamos con una predisposición, por ejemplo a ser más nerviosos o más tranquilos, va influir en nuestra manera de comportarnos, pero eso no significa que ese nerviosismo no podamos llegar a controlarlo, o mejor aún, hacer de él nuestro aliado.

No podemos quedarnos en el hecho de por ser heredado es inmutable.

Como en el cuerpo, hay personas que tienen predisposición al sobrepeso, que consiguen mantenerse en el peso ideal y estar más sanos que personas que no han nacido con esta tendencia. El cerebro también se puede entrenar y modificar.

Estas modificaciones suelen ser lentas en el tiempo, pero vivimos en una época en que “lo queremos y lo queremos ahora”. Estamos acostumbrados a que con un solo click consigamos  la información que queremos en internet, el arroz en un minuto en el microondas… no estamos acostumbrados a esperar.

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La mayoría de los artículos de psicología que leo sobre recomendaciones, para ser más feliz o librarse del estrés, se han adaptado a esta moda del “ya”. Suelo leer pautas rápidas y poco profundas para conseguir cambiar aquello que no nos gusta o nos molesta.

Como he dicho antes, seguramente haya a personas que estas pautas rápidas le funcionen, pero creo que, en general, nos lleva tiempo gestionar el estrés o modificar nuestros pensamientos.

Siguiendo el hilo de estas ideas, quiero dar la segunda recomendación para las recomendaciones psicológicas (ricemos el rizo): tomémonos tiempo para interiorizar esas pautas que leemos y que creemos que necesitamos. Los cambios psicológicos suelen ser lentos y requieren de paciencia y esfuerzo. En ciertos casos, en los que la situación no la podamos manejar por nosotros mismos, necesitaremos ayuda de un profesional que nos guíe y oriente.

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Otro impedimento que habituamos a ponernos son las etiquetas. Etiquetamos a las personas como amables, resolutivas, conflictivas, vagas… esto nos ayuda a tener una breve definición de la persona.

Pero estas etiquetas limitan a la persona y la encierran en un adjetivo. Esto nos impide ver otros aspectos de la persona, y a la persona etiquetada le impide avanzar. Hablaré más adelante sobre las etiquetas, merecen un trato especializado.

Sin embargo, no sólo son los demás quienes nos ponen etiquetas, también nos las ponemos nosotros mismos, con expresiones como “Es que yo soy así”. Esto nos acota nuestra capacidad de actuación, aunque muchas veces las utilizamos porque cambiar algo que no nos gusta puede dolernos. Tenemos que librarnos de esta afirmación y pensar que hemos actuado así en un determinado momento, pero no pontificar en que somos así y no podemos (o no queremos) cambiar.

Por mi parte, en cada uno de los artículos que escribo suelo facilitar recomendaciones, quiero que cojáis aquellas que os resulten útiles o las que os hagan reflexionar. Aquellas que no, simplemente olvidadlas, pero eso sí, estad atentos por si puedo escribir alguna que os convenga.

¡Muchísimas gracias por leer y hasta la próxima semana!